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{019} Depresión post-Barcelona

He estado este fin de semana en Barcelona y ahora estoy en plena depresión post-Barcelona. Así es como he llamado a este sentimiento de hastío que me invade cada vez que vuelvo de un viaje. Seguramente, esta especie de síndrome ya ha sido estudiado y catalogado por los científicos. Estará incluído en el apartado de transtornos relacionados con viajes, junto con el síndrome de Florencia o el de la clase turista.

Me encanta Barcelona. Viajaría a Barcelona incluso sólo a comprar el pan. Recuerdo que un hombre de mi pueblo viajaba en bus todos los días a Zaragoza, compraba el pan y volvía. Llevaba un cuaderno en el que, según decía mi madre, escribía canciones. En la época que mi padre fue el director del coro del pueblo escribió en nuestra puerta: Asesino musical. Nunca supimos si se refería a mi padre o a él mismo.

El caso es que todo lo bueno no es eterno y aquí estoy otra vez en el videoclub recordando la mañana que fuimos a ver tiendas de segunda mano en busca de algo interesante con lo que disfrazarnos en la fiesta de cumpleaños de Gonzalo. Como ahora está de moda eso que llaman vintage, las tiendas de segunda mano están haciendo el agosto. Basta con sustiuir lo de segunda mano por vintage para convertirse en una boutique de lo más cool y pedir treinta euros por por cualquier trapo lleno de pulgas.

También fuimos a la multitudinaria manifestación por la paz, de la que no voy a comentar nada porque, como estuvo todo el mundo, todo el mundo sabe como fue. El resto del día también estuvo muy bien. Antes de entrar en Apolo estuvimos en un bar llamado La Chavala, que era de lo más cutre. Fue allí donde descubrí la existencia de canales como Tele Taxi Televisió (qué moderonos son en la Ciudad Condal) y donde bebimos cubatas con bollos de chocolate. Me sentí un poco como Patty Diphusa, ese personaje de Almodóvar que desayunaba moscatel con Tigretones. Ya en el Apolo, Eduardo se cayó por las escaleras. Al día siguiente cojeaba tanto que no sé cómo pudo conducir hasta Zaragoza.

Y hoy aquí estoy, en el videoclub, aburrido y sin novedad, excepto un papel lleno de sugerencias que nos ha dejado un cliente. Está escrito a ordenador y con letra gótica. Transcribo literalmente lo que más me ha llamado la atención:

Muy buenas, aprovechando esta magna tesitura, me atrevo a atropellar su cordial simpatía con unas pocas e impertinentes SUGERENCIAS:

  • Iluminación: el local para mi gusto adolece de exceso de luz. Un ambiente mas rekogido y misterioso facilitaria el encuentro intimo del kliente con sus pelíkulas preferidas.
  • Porno: los titulos porno estan tan karos que en todos estos años solo he alkilado uno. Y eso que es un genero que ke gusta.
  • Buzón de sugerencias. Las películas mas votadas inkorporazion. Aunque se agradece un cierto criterio de dar prioridad a títulos que no se suelen encontrar en todos los otros videoclubs, especialmente los que gustan de exhibir 10 copias del mismo bodrio comercial (léase Titanic).
  • Un buzón de devolución de películas. Hay veces que llegas 10 min. tarde (el establecimiento está cerrado). Esto es especialmente fastidioso si vives a cierta distancia y debes volver de propio otro día. Y quizás, sólo quizás, me aventuraría a afirmar que ese tímido ex_socio que nunca se atrevió a devolver aquella película "gore" con varias semanas de retraso ahora podría, en un acceso de extenuada culpabilidad, decidirse a devolverla sin ser descubierto.

Otro cliente nos dice que sería un gran detalle que ampliaran la sección de alimentación con comidas calientes, pizza, hamburguesas, perritos, etc. Lo que faltaba. A este paso pedirán que los dependientes atendamos en tanga y con patines.

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